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miércoles, 10 de diciembre de 2008

SOMOS INDIVIDUOS ÚNICOS...


"Somos individuos únicos, porque así lo determina la genética"
Lo afirma el biólogo Pierre Magistretti, que rescata el aporte del psicoanálisis
31 de octubre de 2007

“Si el descubrimiento del genoma fue algo así como el hallazgo de nuestro alfabeto interior, ahora viene lo mejor: descubrir la manera en que cada ser humano escribe con esas mismas letras su propia novela, ya que estamos genéticamente determinados para ser únicos.


" El hombre que enuncia con tanta claridad cuál será el desafío de la ciencia en los próximos años se llama Pierre Magistretti. Experto en neurobiología, con significativas contribuciones al estudio del metabolismo de la energía cerebral, este científico suizo que obtuvo en 2002 la medalla Emil Kraepelin del instituto alemán Max Planck pasó hace algunas semanas por Buenos Aires y ofreció una conferencia en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Codirector del Brain Mind Institute y director del Center for Psychiatric Neuroscience en la Universidad de Lausana, Suiza, Magistretti no vino solo.


Lo acompañó otro investigador cuyo campo de acción podría resultar, a simple vista, incompatible con el suyo: el psicoanalista François Ansermet.

Ambos son autores de "A cada cual su cerebro" (Katz Editores), un ensayo que deja de lado el prejuicio de la incompatibilidad y propone, en cambio, un encuentro posible: el de la neurobiología y el psicoanálisis.


Su propuesta parte de una idea muy clara: así como para el psicoanálisis el sujeto ha sido, históricamente, un ser único "como excepción a lo universal", también ahora debería ser único para las neurociencias.


¿Por qué? "Porque, a diferencia de lo que se creía antiguamente, los últimos hallazgos indican que el cerebro es un órgano dinámico que ya no puede ser considerado como una organización definida y fija de redes de neuronas".


Por lo tanto, funciona en cada persona de un modo singular. Ahora, el sujeto del psicoanálisis y el de las neurociencias es el mismo, afirman los autores del libro.

Y lo es en tanto que existe un concepto que une ambas miradas: el de la plasticidad neuronal. -


¿Podría explicar en qué consiste esa plasticidad?

-En cada uno de nosotros, la experiencia deja una huella. Y existe un puente claro entre la huella psíquica y la huella sináptica, es decir, la que se produce en la instancia de intercambio de información entre las células cerebrales.

En otras palabras: antes pensábamos que el cerebro era un órgano genéticamente determinado, con ciertos mecanismos fijos de tratamiento de la información.

Ahora sabemos que, gracias a la plasticidad, nuestra red neuronal es modulable por los acontecimientos y por la experiencia y que esa experiencia modifica en forma permanente las conexiones entre las neuronas.

Los mecanismos de plasticidad operan durante toda la vida.

El acontecimiento y la experiencia siempre pueden modificar un estado anterior.


-¿Esa concepción otorga espacio a lo singular, como lo hace el psicoanálisis, pero desde el punto de vista biológico? -

Sí. Podemos decir que el individuo está genéticamente determinado para no estar genéticamente determinado. O que estamos genéticamente determinados para ser únicos, en tanto que, como lo expresan científicos de la talla de V. G. Cheung y R. S. Spielman, dentro de la realización del programa genético de cada persona hay un lugar reservado a la experiencia y, por lo tanto, a la contingencia y a lo imprevisible.


-Desde mediados del siglo XX se habla mucho de la predisposición genética, que luego es moldeada por el entorno, el medio ambiente, la cultura. Se dice que un individuo puede tener una predisposición genética que lo lleva a sufrir una depresión y que esa enfermedad podrá desarrollarse, o no, según la participación de otros factores.


¿En qué se diferencia esta visión de la que usted plantea?

-Desde cierto enfoque de la genética, la aparición de una enfermedad dependerá de la interacción entre el genotipo y el medio ambiente.

Es un modelo de interacción: la expresión genotípica está modulada por el afuera.

En cambio, para nosotros el concepto de interacción debería ser reemplazado por el de plasticidad, que integra genoma y ambiente en un mismo nivel lógico: genotipo y ambiente se combinan por medio de esa plasticidad para producir un genotipo único e irrepetible.


La diferencia es que la determinación genética no es mayor que la ambiental o la psíquica; todas se articulan en forma permanente y durante toda la vida.


-Si a fines del siglo XX la "estrella" de la ciencia fue la biología del gen, ¿ahora vamos hacia una biología de la mente, según lo propone, entre otros, el premio Nobel de Medicina Eric Kandel?

-Así es. La biología mental está sólo parcialmente determinada por la biología del gen.

Y algo más: si ahora estamos viendo cómo escribimos nuestras propias novelas con las letras contenidas en nuestro mapa genético, también deberíamos cambiar el concepto de desarrollo (algo ya programado genéticamente) por el concepto de devenir: un proceso no determinado, que deja lugar a la contingencia.


-¿Se puede hablar de una biología del inconsciente?

-Lo que nosotros decimos es que se le puede atribuir un estatus biológico al inconsciente. Pensemos en situaciones en las que aparece una fantasía en un paciente que está en tratamiento psicoanalítico.

En esas situaciones, la plasticidad le permitirá a ese sujeto liberarse de un escenario fantasmático fijo y utilizar esa fantasía, en lugar de ser esclavo de ella.


-Pero actualmente están en boga otro tipo de tratamientos "psi", como las terapias cognitivo-conductuales...


-Mire, le voy a dar otro ejemplo: si una persona les tiene miedo a los perros y le cuenta a su terapeuta que de chica fue mordida por un perro, una terapia cognitivo-conductual probablemente la ayude a tratar su miedo o su fobia.

Pero si, en cambio, ese miedo está asociado con un problema más profundo, que quizá resida en la relación de esa persona con alguno de sus progenitores, eso es imposible de curar con una terapia que trabaje sobre lo consciente.

El individuo en cuestión necesita resignificar eso que le pasa, y lo importante es marcar las diferencias: en el primer caso, existe un reporte directo entre experiencia y huella; en el segundo caso, hay una discontinuidad debida a que existieron reasociaciones o nuevos significados que separaron la experiencia de la huella.

Todos esos procesos nos llevan de nuevo a destacar la riqueza de la plasticidad.


-En la Argentina se suele decir que no tenemos memoria como sociedad, sobre todo a la hora de votar.

¿Estos descubrimientos también podrían aplicarse a cuestiones que van más allá del individuo, como por ejemplo el tema de la memoria colectiva?

-No creo mucho en el concepto de memoria colectiva. Creo que existen individualidades y relaciones interpersonales.

La cultura determina individualidades. Después, hay memorias individuales que pueden interactuar, pero no imagino que podamos llegar a hablar de una memoria colectiva neurobiológica. Eso mejor se lo dejamos a la sociología o a otras disciplinas.


-¿Qué diría Sigmund Freud de las teorías que usted sostiene?

-No creo que se sorprendiera.

En su Proyecto de una psicología científica , de 1895, él ya entendía el rol de la plasticidad en el aprendizaje y en la memoria. Antes de Freud, Santiago Ramón y Cajal ya había hablado de la "gran movilidad inicial de las expansiones de la neurona".

En los años 40, Donald Hebb también retomó el término. Freud fue original, porque dijo que no existía una sola inscripción de la experiencia. Por eso yo creo que hoy el psicoanálisis es un campo válido, importante e interesante.

En este momento existen muchas presiones desde la psicología cognitiva que lo consideran perimido. Y a mí me parece que no podemos encarar lo que nos pasa como si las personas no tuvieran inconsciente.

En este sentido, hasta hoy, no existe ninguna disciplina que haya encontrado una mejor manera de abordar los procesos inconscientes que el psicoanálisis.


-Eso suena raro en boca de un neurobiólogo...

-Bueno, eso es lo que pienso. Al igual que las neurociencias, el psicoanálisis tiene futuro.

Hoy, a la luz de los mecanismos biológicos encontrados, las neurociencias deberían tomar del psicoanálisis las herramientas que les permitieran concentrarse en los aspectos únicos del sujeto. Por su parte, los psicoanalistas deberían seguir a Lacan, que en 1965 se preguntó por la existencia de una ciencia que incluyera al psicoanálisis. Creo que ambos pueden nutrirse del concepto de plasticidad y trabajar, en los próximos años, en el devenir de cada sujeto... y de cada cerebro.


Por Valeria Shapira De la Redacción de LA NACION

sábado, 29 de noviembre de 2008

LA MORAL NO ES CULTURAL SINO GENETICA

"Los seres humanos compartimos sistemas morales innatos", afirma el psicólogo norteamericano Jonathan Haidt

¿QUE OPINAN?

NUEVA YORK.- ¿De dónde vienen las reglas morales? De la razón, afirman algunos filósofos. De Dios, aseguran los creyentes.
Rara vez se considera otra fuente como la que hoy defienden algunos biólogos: la evolución.
Una mirada a la selección natural y a la supervivencia de los más fuertes sólo parece confirmar los valores más egoístas.
Pero para los animales que viven agrupados el egoísmo debe ser limitado o no habría ventaja en vivir en sociedad.
¿Puede la conducta desarrollada por los animales que viven en sociedad ser el fundamento de donde partió la moralidad humana?
En el libro Hipótesis de la felicidad , Jonathan Haidt, psicólogo moral de la Universidad de Virginia, construye una visión amplia de la moralidad donde rastrea su conexión tanto con la religión como con la política.
Haidt comenzó investigando la emoción de la aversión.
Al probar las reacciones de la gente ante situaciones como la de una familia hambrienta que cocinó y comió a su perro luego de que éste hubiera muerto en una ruta, exploró el fenómeno en que la gente siente fuertemente que algo está mal pero cuyo porqué no puede explicar.
Este fenómeno lo llevó a ver a la moralidad conducida por dos sistemas mentales separados.
Un sistema antiguo, que él llama intuición moral, se basa en las conductas con carga emotiva que se desarrollaron antes que el lenguaje.
Un sistema moderno, que llama juicio moral, llegó después del lenguaje, cuando la gente pudo expresar por qué algo estaba bien o mal.
Las respuestas emocionales de la intuición moral ocurren de manera instantánea; son primitivas reacciones viscerales que evolucionaron para desarrollar decisiones intempestivas que ayudan a la supervivencia en un mundo peligroso.
El juicio moral, por otro lado, llega más tarde, cuando la mente consciente desarrolla una racionalización para la decisión que llegó a través de la intuición moral.
El elefante y el jinete Haidt compara la maquinaria moral subterránea con un elefante y al razonamiento moral consciente con un pequeño jinete que monta sobre su lomo.
Los psicólogos y filósofos han tenido una visión muy estrecha de la moralidad, según cree, porque se han centrado en el que monta e ignoraron al elefante.
Haidt desarrolló una mejor idea del elefante luego de que visitó la India.
Allí, vio que la gente reconocía un dominio de lo moral mucho más amplio que lo relacionado con el daño y la justicia que son centrales en la moral occidental. Los indios se preocupaban por integrar a la comunidad a través de rituales y los ligaban a conceptos de pureza religiosa como manera de reprimir la conducta.
A su regreso de la India, Haidt rastreó literatura sobre antropología y psicología en busca de ideas de moralidad en todo el mundo.
Identificó cinco componentes de la moralidad que eran comunes a la mayoría de las culturas. Algunos tenían que ver con la protección de los individuos, otros con los lazos que mantienen unidos a los grupos.
Entre los sistemas morales que protegen a los individuos, uno tiene que ver con prevenir el daño a una persona y el otro con la reciprocidad y la justicia.
Menos habituales son los tres sistemas que promueven conductas desarrolladas para fortalecer al grupo.
Estas son la lealtad al grupo, el respeto por la autoridad y la jerarquía, y el sentido de pureza o santidad.
Los cinco sistemas morales, según Haidt, son mecanismos psicológicos innatos que predisponen a los niños a absorber ciertas virtudes.
Como estas virtudes se aprenden, la moralidad puede variar mucho de una cultura a la otra, mientras que la importancia de refrenar el egoísmo se mantiene.
En las sociedades occidentales, lo importante reside en proteger al individuo insistiendo en que todos deben ser tratados con justicia.
La creatividad es mucha, pero la sociedad es menos ordenada.
En muchas otras sociedades, el egoísmo es suprimido "por medio de prácticas, rituales e historias que ayudan a la persona a representar un papel cooperativo en una entidad social más amplia", dijo Haidt.
El es consciente de que mucha gente, incluida "la disciplina políticamente homogénea de la psicología", equipara la moral con la justicia, los derechos y el bienestar del individuo, y rechazan todo lo demás como meras convenciones sociales.
Pero muchas sociedades en todo el mundo se comportan como si realmente la lealtad, el respeto por la autoridad y la sanidad fueran conceptos morales, destaca Haidt, y esto justifica el tener una visión más amplia del tema moral.
La idea de que la moral y lo sagrado están relacionados, dijo, puede hoy no estar de moda pero tiene un linaje venerable, si nos remontamos a Emile Durkheim, fundador de la sociología.
Haidt cree que la religión ha tenido un importante papel en la evolución humana al fortalecer y extender la cohesión brindada por los sistemas morales.
"Si no hubiéramos tenido mentes religiosas, no hubiéramos transitado hacia lo gregario -afirmó-. Seríamos todavía sólo pequeñas bandas que deambularían de un lado a otro."
La conducta religiosa podría ser el resultado de la selección natural, según su punto de vista, formada en un momento en que los primeros grupos humanos competían unos con otros.
"Los que encontraron formas de unirse fueron más exitosos", agregó. Haidt llegó a reconocer la importancia de la religión por medio de un camino indirecto.
"Primero encontré la divinidad en el sentimiento de aversión.
" Este probablemente se desarrolló cuando la gente se hizo carnívora y tuvo que aprender qué alimentos podrían estar contaminados con bacterias, un problema que no se presentaba con los alimentos vegetales.
La aversión se extendió luego a otras categorías, sostiene, a la gente que no era limpia, a inaceptables prácticas sexuales y a muchas funciones y conductas corporales que eran vistas como diferentes de las animales.
"Imaginen visitar una ciudad donde la gente no usa ropa, nunca se baña, tiene sexo en público y come carne cruda arrancándola a mordiscos directamente de las carcasas", escribe Haidt.
El ve la aversión evocada por una escena así como aliada de las nociones de pureza física y religiosa.
La pureza es, según él, un sistema moral que promueve los objetivos de controlar los deseos de egoísmo y de actuar de una manera aprobada de forma religiosa.
Por Nicholas Wade De The New York Times (07-10-07)